martes, 1 de noviembre de 2011

Yo te convertí en Noviembre, así es mi calendario

Es uno de noviembre y parece que es domingo, pero me faltas tú y es martes. Me siento en la cama y me pongo a recordar qué fue de octubre, qué sensación nos dejó. Acto seguido cojo el móvil y escribo en borradores. Ya lo sé. Es muy tuyo. Tengo la sensación que octubre ha pasado a gran velocidad, entre tus clases, algún que otro agobio, ha volado. Nos ha dejado una tortuguita muy mona, que no para de zampar gambas. Ella es muy exquisita. Muchos círculos verdes bizcochables. Hemos compartido desayunos, comidas y cenas. Pero sobre todo hemos vuelto a amanecer juntos sobre tu cama, acurrucados cual gatitos en un cesto frente a una estufa en una mañana fría de invierno. Nos hemos dado cuenta de las cosas que realmente importan o lo equivocado que habíamos estado hacía un año. Ahora todo fluye, como el Tormes. He echado de menos esos paseos por la ribera de dicho río. Pero en cambio hicimos una excursión a la sierra, al igual que el año pasado, pero esta vez la sensación era distinta, subir y subir, parecía que no íbamos a dejar de ascender, bajarnos del coche, respirar ese aire tan puro y tener la impresión de poder tocar las nubes con las manos. Besarnos a casi dos kilómetros de altura, cerrar los ojos y sentir esa brisa fresca. Hacernos fotos muy pastelosas y caminar por las piedras como cabras. Hacer la bajada de la montaña con una sonrisa en la cara y terminar haciendo un picnic en cualquier rincón del pueblo. Cada día de octubre que pasaba era distinto al anterior. No por lo que hiciéramos o dejáramos de hacer, sino por ti. Estabas recuperando esa sonrisa de siempre y eso me encantaba. Con el resto del mundo podías disimular, pero conmigo no. Te lo notaba en la mirada y esa mirada estaba cambiando. Tú estabas cambiando y eso me animaba a seguir estar pendiente de ti cada minuto que pasara. Hicimos nuestras más aún algunas de nuestras canciones y adoptamos algunas otras. Llegaron los Lori Meyers con su música de bailar y solo éramos dos en aquel pabellón enorme. Por la mañana tenía que correr siete mil metros, pero me daba igual agotarme o sudar bailando contigo. Al salir una lluvia nos esperaba para mojarnos y resguardarnos bajo los balcones. Amanecía lluvioso y gris (muy a lo Allí donde solíamos gritar) pero sabía que después de esa carrera tú ibas a estar ahí para darme un beso y sonreírme sin importarte lo bien o lo mal que lo hubiera hecho. Ese día me hiciste una comida de campeones y te la compensé con mimos bajo tus sábanas, en nuestro iglú particular. Una mañana me confesaste que había sido tu mejor Halloween y todo gracias a mí, yo me quedé atontado en el andén y con unas lagrimillas a punto de salir mientras te decía adiós con la mano porque de mi boca no podía articular ninguna palabra. Pero tenía que ser fuerte y aguantar para volver a ver tu sonrisa, porque eso sí que es magia.

1 comentarios:

PUMUKIS dijo...

a nada que mi noviembre sea un poquito como el tuyo me conformo!!!!!
me encanta la leyenda de la foto...
enhorabuena!!!