Es viernes, te ha tocado madrugar y volver a tocar con los pies el frío suelo y sentir cómo esa frialdad se te mete en el cuerpo con tan solo rozar el dedo gordo del pie las frías baldosas. Pero eso no importa los viernes, no, es verdad que te despiertas con el mismo sueño o más que una cesta llena de gatitos frente a la estufa, pero nada más despertar has sonreído porque estabas abrazado a ella, tus ganas de sonreír aunque en la calle haga frío, aún sea de noche y las baldosas del suelo estén congeladas. Apagar la alarma del móvil, acurrucarte junto a ella unos minutos más para que te dé fuerza para lo que resta del día, bueno, mejor dicho para lo que queda de mañana, porque volverás a necesitar una sobredosis de abrazos durante la tarde y la noche. Y es que para ti los fines de semana empiezan los jueves aunque los viernes tengas que ir a trabajar. A eso de las nueve de la noche, cuando ella te regala una sonrisa nada más salir de clase, en ese momento justo, comienza tu fin de semana, vuestro fin de semana, y te olvidas que el día siguiente es viernes. Ya te da igual todo. Te podrás pasar horas y horas mimándola, recuperar todos esos mimos que no os habéis podido dar durante la semana o no todos los que os hubieran gustado.
Los fines de semana representan vuestra escapada del mundo, ya sea real en forma de excursión con cientos de fotos en tonos pastel o inventada trasladándoos a un iglú sin primavera donde una vez dentro de él, el frío desaparece y llega el calor en forma de besos y caricias, y cuando regresáis al mundo real asomando la cabecita por la puerta de vuestro particular iglú os sentís en una nube, una nube de la cual no queréis bajaros.
Por todo esto, esta mañana al rozar con tus pies el suelo no has sentido ese frío, quizá sea porque te has despertado en una nube o porque el último abrazo que te ha dado ella antes de salir de la cama te haya dado el calor necesario para combatir el primer paso del día.
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