domingo 2 de octubre de 2011

Luciérnagas y mariposas

Me había despertado inquieto, no había dormido bien aquella noche. Tenía una rebelión de mariposas y demás bichejos en el estómago. Una lavadora en pleno centrifugado. Me levanté y no paraba de mirar el móvil. Tenía una sensación de vértigo e ilusión, casi a partes iguales. No hacía otra cosa que dar paseos por la casa, pasillo arriba, pasillo abajo y vueltas por la habitación. Los minutos no pasaban. Las agujas del reloj parecían que iban para atrás hasta que llegó el sonido del mensaje entrante. Cogí todas las cosas que había preparado. Y volé. El camino que estaba haciendo lo haría muchas veces durante ese año. Entre en aquel supermercado a beber agua, no sé si eran los nervios o qué, pero tenía la boca seca. Llegué al banco, le hice una llamada perdida y ese minuto de espera se hizo eterno, no sabía si sentarme o quedarme de pie o apoyarme contra la pared. Estaba a escasos segundos de volverla a ver un mes después. Aún no había asimilado por completo que no tendría que pasar más de un día para volverla a ver, no habría que esperar un largo mes para poderla abrazar de nuevo. No me lo podía creer, estábamos paseando por medio de la Plaza Mayor cogidos de la mano, la de veces que me lo había imaginado y ahora se había hecho realidad. En aquel césped donde tuve temor a acariciarla, como si fuera la primera vez en el Retiro. Después nos dejamos llevar y fue como si nos hubiéramos besado desde siempre. Nuestro primer atardecer en un abrir y cerrar ojos y contemplar el río desde ese mirador improvisado. Esa primera noche se acababa tras la ruta de los lunares y una despedida que no queríamos que fuera tal. Pero habría más días como ese o mejores, sin nervios, con mucha más tranquilidad y noches enteras para nosotros dos.

Apareciste en mi vida con el frío, un diecisiete de febrero y te instalaste por completo un dos de octubre, el mes de los atardeceres en tonos ocres.

2 comentarios:

Verde oscuro dijo...

Preciosa vuestra historia, que no acabe nunca!

Cookie Monstar dijo...

¿Quién nos lo iba a decir? un año, ¡UN AÑO! viviendo juntos, un año de tardes de mimos, risas y sonrisas, sobre todo sonrisas. Ahora que es mucho más fácil raptarte y tenerte bailando en calzoncillos en el salón de mi cuquipiso, nada va a cambiar. Serán otros maravillosos 365 días completamente pastelosos, millones de caricias y mimos para mi gatito peludito y sobretodo de intentar arreglar los errores cometidos en el pasado con una sonrisa en la boca, viviendo cada día como si fuese el último, como kamikaces enamorados :D
Te quiero, bichu