¿Cuándo vas a venir otra vez por aquí?
lunes 1 de agosto de 2011
Como una tarde de julio pero con frío y tronando
Para qué voy a repasar el mes pasado, julio. De julio solo me quedo con una semana y con ella. Siete días maravillosos desde el primer hasta el último minuto. Quizá, y sin quizá, ha sido la mejor semana de mi vida. Sí, y no exagero. Desde el primer momento que puso su pie en la estación (la fecha ayudaba, muchos recuerdos). Era como vernos la primera vez pero sin estar en estado de shock, disfrutando el uno del otro desde el segundo cero. Ese baño relajante con mucha espuma y cargado de gemidos para afrontar la primera noche de nuestras vacaciones particulares. No podría quedarme solo con ese baño y con el de después, aún con más espuma y con más gemido. Ni con los masajes relajantes de no saber ni donde se encontraba. Los desayunos de besos con sabor a zumo de naranja eran los mejores desayunos que he probado nunca. Los momentos de Arguiñano o los tú friegas y tú cocinas, sin protestar. O arroparla con esas sábanas tan pastelosas antes de meterme yo en la cama como si fuera una niña pequeña, mi niña pequeña. Cada siesta que nos hemos echado o simplemente estar tumbados uno muy cerca del otro, contándonos lo que nos habíamos echado de menos o midiendo el tiempo en latidos. Las noches se hacían demasiado cortas, cuando nos queríamos dar cuenta ya estaba amaneciendo y nos acurrucábamos aún más para sentirnos cada poro de la piel antes de que el sol entrara por las rendijas de la persiana. Hasta esas lágrimas derramadas me han encantado de esa semana. Los minutos se acababan y llegábamos a la estación, sí, tocaba el momento de la despedida, triste como todas, pero sabía que en poco más de quince días iba a volver a estar ahí a pie de andén con sugus de colores o con chuches y caricias infinitas.
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